Por Julio César Romero Magliocca

Nadie recuerda exactamente cuándo empezó a borrarse.

No fue un día puntual, ni una caída estrepitosa.

Fue, más bien, una suma de pequeños desprendimientos:

un trabajo que no volvió,

una puerta que se cerró sin ruido,

un teléfono que dejó de sonar.

Al principio todavía tenía nombre.

Lo decían en voz alta, lo firmaba en papeles, lo escuchaba en boca de otros.

Después pasó a ser “el que estaba esperando”,

más tarde “el que busca algo”,

y finalmente, apenas un gesto de cabeza entre quienes lo cruzaban sin mirar.

Tuvo casa.

Una mesa donde apoyar los codos.

Una silla que crujía siempre en el mismo punto.

Un lugar donde dejar las llaves.

Hasta que un día ya no hubo llaves.

Ni puerta.

Ni adentro.

La ciudad siguió igual.

O eso parecía.

Las luces encendidas a la misma hora,

los autos apurados,

la gente con destinos claros y pasos firmes.

Solo que ahora él estaba del otro lado de todo eso:

mirando.

Aprendió rápido.

Dónde el frío duele menos,

qué vereda no expulsa,

qué mirada conviene evitar.

Aprendió a hacerse invisible incluso cuando estaba ahí,

a dos metros,

respirando el mismo aire.

Lo que más pesa no es el hambre,

aunque el hambre muerda.

Ni el frío,

aunque el frío quiebre los huesos.

Lo que más pesa es la ausencia de nombre,

la sospecha de que uno deja de existir

cuando nadie lo nombra.

Algunos pasan y ven.

Otros pasan y miran para otro lado.

Y están los que ya no ven nada:

han aprendido a convivir con la escena

como quien convive con una baldosa rota

o una pared descascarada.

Ahí está.

Durmiendo donde puede.

Despertando antes que el ruido.

Juntando lo que otros descartan.

Sosteniendo, como puede,

una vida que parece haber quedado afuera de todo.

Pero no cayó solo.

Nadie cae solo.

Siempre hay hilos que se cortan en silencio,

redes que no sostienen,

manos que no llegan.

La pregunta no es quién es él.

La pregunta es quiénes somos nosotros

cuando pasamos de largo.

Porque su historia —

la de quien ya no tiene nada—

no es solo suya.

Es la historia de quién

dejó de ver.

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