Por Julio César Romero Magliocca

LA JEFA

La casa respira cansancio. No es grande, ni linda, ni cómoda. Pero está en pie. Como ella.

La Jefa se levanta antes que el sol, cuando el silencio todavía disimula los golpes de la vida. Se mueve despacio para no despertar a los gurises, les acomoda las frazadas, les besa la frente sin hacer ruido. En ese gesto breve ya va todo: la ternura, la culpa, la promesa muda de que mañana será mejor.

Después arranca el día. Trabajo, cuentas, corridas. Y en el medio, esa sombra que la sigue: él. El hombre que alguna vez fue refugio y hoy es tormenta. El alcohol que le enciende la rabia. La droga que lo vuelve otro. Las palabras que hieren. Los silencios que pesan más que los gritos. Y a veces, los golpes. Esos que no siempre dejan marca en la piel, pero sí en el alma.

La Jefa aguanta. No por costumbre. No por resignación. Aguanta porque sabe que si ella se cae, todo se derrumba.

En la calle nadie ve la batalla completa. La ven pasar apurada, con los ojos cansados y la espalda cargada. No saben que en cada paso lleva miedo. Que en cada decisión hay un cálculo invisible para proteger a sus hijos. Que en cada moneda que guarda hay un futuro que intenta comprar.

Vuelve a casa cuando el cuerpo ya no le responde. Abre la puerta con esa mezcla de alivio y tensión. Nunca sabe qué va a encontrar. Pero siempre entra.

Y ahí están ellos.

Los gurises.

Esperándola con los cuadernos abiertos, con las mochilas gastadas, con los ojos llenos de preguntas y de fe. Esa fe que ella no se permite perder.

Entonces pasa algo. Siempre pasa.

El cansancio no desaparece, pero cambia de lugar. El dolor no se va, pero se hace más chico. Porque una sonrisa, un abrazo torpe, un “mamá mirá lo que hice” le devuelven el aire.

Y la Jefa se recompone.

Cocina lo que hay. Ayuda con los deberes. Escucha. Abraza. Ordena. Contiene. Enseña. Resiste.

Nadie le dio un manual. Nadie la preparó para esta guerra diaria. Pero ahí está, peleándola con lo único que tiene: amor, coraje y una dignidad que no negocia.

Sabe que sus hijos no tienen la culpa. Sabe que el camino es cuesta arriba. Sabe que el mundo a veces es injusto.

Pero también sabe algo más.

Sabe que el estudio puede ser una puerta. Que el ejemplo es semilla. Que cada esfuerzo, por mínimo que parezca, es un ladrillo en la vida que quiere construirles.

Por eso no se rinde.

Aunque llegue derrotada, nunca llega vencida.

Porque la Jefa no es solo una madre.

Es refugio en medio de la tormenta.

Es sostén cuando todo tiembla.

Es la que se rompe por dentro para que sus hijos no se quiebren.

Y aunque nadie la aplauda, aunque nadie la nombre, aunque el mundo siga de largo…

Ella sigue.

De pie.

Siempre de pie.

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