
Por Julio César Romero Magliocca
Fundador y Director de Revista RAÍCES
El escobero de paja: un oficio que se niega a desaparecer
A veces las mejores historias aparecen cuando menos las buscamos.
Mientras recorría Montevideo distribuyendo un nuevo número de Revista RAÍCES, una imagen detuvo mi marcha. En una parada de ómnibus había un hombre con media docena de escobas de paja, de esas que hace muchos años eran parte de todos los hogares uruguayos.
Me acerqué, lo saludé y le pregunté su nombre.
—Luis Alberto Martínez —respondió con una sonrisa sencilla.
Comenzamos a conversar y, casi sin darnos cuenta, estaba frente a uno de esos artesanos que mantienen vivo un oficio heredado de generaciones anteriores.
Luis me contó que fabrica escobas desde antes de 1970. Aprendió el trabajo cuando se desempeñaba en una fábrica de escobas de nombre «La doble barrido» y, con el paso de los años, perfeccionó la técnica hasta confeccionarlas completamente de forma artesanal.
Cada escoba lleva tiempo, paciencia y experiencia. La paja es cuidadosamente seleccionada, ordenada y atada para formar una herramienta resistente, capaz de durar muchos años. No hay máquinas sofisticadas ni producción en serie; solamente las manos de un hombre que conoce cada paso de un oficio que parece desafiar al tiempo.
Las escobas de paja acompañaron durante siglos la vida cotidiana de nuestros pueblos. Mucho antes de la industrialización, ya eran utilizadas en estas tierras, elaboradas con fibras vegetales disponibles en cada región. Durante generaciones fueron compañeras inseparables de las familias uruguayas, presentes en patios, cocinas, galpones y veredas.
Pero quizás lo más valioso de esta historia no sea solamente la fabricación de las escobas.
Luis me contó con orgullo que su nieto, de 34 años, decidió aprender el oficio y continuar con esta tradición familiar. En tiempos donde muchos trabajos artesanales desaparecen, saber que un joven recoge ese legado es una verdadera noticia esperanzadora.
Porque un oficio no es únicamente una forma de ganarse la vida. Es también un patrimonio cultural. Es memoria, identidad y respeto por quienes, con esfuerzo y dedicación, construyeron el país desde el trabajo cotidiano.
Historias como la de Luis Alberto Martínez nos recuerdan que todavía existen hombres y mujeres que trabajan con sus manos, preservando saberes que no deberían perderse.
Desde Revista RAÍCES creemos que estas personas también merecen un lugar en la historia de nuestros barrios.
Porque mientras exista alguien dispuesto a enseñar y otro dispuesto a aprender, nuestras raíces seguirán vivas.
«Cada escoba que sale de sus manos no solo barre el suelo; también limpia el polvo del olvido sobre un oficio que forma parte de nuestra historia.»
