Por Julio César Romero Magliocca


A la Soledad

Hay un instante —silencioso, casi imperceptible— en el que todo lo externo se repliega. Las voces se apagan, los gestos pierden su función, y lo que queda es uno mismo, sin testigos ni decorados. Es allí donde aparece la soledad, no como ausencia, sino como presencia inevitable.

No llega con estruendo. Se instala. Nos quita el maquillaje de las certezas, desarma las versiones que ofrecemos al mundo y nos deja frente a una verdad menos amable, pero más honesta. En ese espejo sin filtros, ya no somos lo que decimos ser, sino lo que hemos sido en lo íntimo: decisiones, silencios, renuncias, culpas, y también pequeñas luces que sobreviven.

La soledad incomoda porque no negocia. No admite distracciones eternas. Nos obliga a escuchar lo que evitamos, a mirar lo que postergamos. Y sin embargo, en esa incomodidad hay una forma de justicia: la de volver a encontrarnos sin intermediarios.

No es castigo. Es territorio. Un espacio donde, si nos animamos, podemos ordenar lo disperso, reconciliar lo fragmentado y comprender que no todo está perdido, aunque duela. Porque también allí —en ese rincón despojado— germina algo: una posibilidad de reconstrucción, más austera, más real.

Escribirle a la soledad es, en el fondo, escribirnos a nosotros mismos sin excusas. Reconocer que, aunque temida, es también la única que no nos abandona. Y quizás por eso, la única capaz de enseñarnos quiénes somos cuando nadie más está mirando.

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