Por Dr. Gustavo Zandonadi

Hay momentos de la televisión que duran cinco segundos y alcanzan para desnudar una época entera. El de Javier Milei con Alejandro Fantino fue uno de esos.

El Presidente argentino, embalado en una mezcla de euforia, autoestima descomunal y necesidad permanente de sentirse protagonista del planeta, tira: “Tengo un informe que dice que soy el segundo presidente del mundo con mayor destaque”. O algo parecido. Ya ni importa la frase exacta. Lo importante fue el clima. Alejandro Fantino le tira un centro: “¿del mundo?”. No fue una repregunta periodística. Tampoco una ironía abierta. Fue sumisión.

Como cuando alguien escucha una exageración tan grande, el cerebro necesita confirmar si entendió bien. Con más razón sucede cuando lo dice una figura de autoridad. El problema es que en esa escena no había dos personas comunes: había un presidente y un periodista. Ninguno cumplió con su deber: el entrevistado dijo algo difícil de sostener —como cuando se dice que el himno de tal país es el segundo más bello del mundo después de La Marsellesa— ni el periodista se esmeró en incomodar al poder.

Sin embargo, hubo algo de normalidad para lo que es el mundo Milei: un periodista —amigo, si no no vale— haciendo preguntas que no preguntan, clima de culto a la personalidad, un canal convertido en templo de adoración al líder y el presidente haciendo lo que más le gusta: hablar de sí mismo como si fuera una deidad y no un hombre elegido para lograr que los argentinos vivan mejor que antes.

La escena confirma que Milei entró en una etapa peligrosa de su construcción política: la del dirigente que de tanto exagerar virtudes para cortejar al electorado, empezó a ser devorado por el personaje. Eso puede durar un tiempo para retener a los convencidos, pero suele terminar muy mal. El día que un presidente no puede bajarse de su propio ego, deja de ser presidente y se convierte en una caricatura.

Nadie puede negar que Milei es un político atípico por unas cuántas razones: llegó con un discurso antipolítica, es histriónico por demás y supo construir un liderazgo a contramano de lo que recomiendan los manuales de estilo. Lindo personaje para animar una hora de televisión pero para gobernar, no estaría funcionando. Para muestra basta un botón: los más de 300.000 puestos de trabajo que se perdieron en el sector privado desde su llegada, son un dato más que elocuente.

Argentina tuvo miles de «personajes», pero a diferencia de Milei, ninguno hizo política. En un país —una patria con cinco Premios Nobel egresados de la universidad pública— nadie se detuvo a pensar por qué un personaje que más que una «Batalla Cultural» representa una contracultura, llegó tan lejos. ¿Será que los argentinos un día despertaron sintiendo desprecio por la institución que hizo grande a su país y eligieron al más indicado para destruirla? Puede ser. ¿Será que ese personaje quiere que los periodistas dejen de lado su misión histórica para convertirse en cortesanos de un Luis XVI porteño? También puede ser.

Milei es un líder celoso e inseguro —casi tóxico— que necesita sentirse permanentemente validado, casi como un Mesías. Al mejor estilo de nuestros vecinos brasileños, que se jactan de ser «o mais grande do mundo», el presidente argentino —haciendo gala de su soberbia— no acepta menos que un homenaje permanente. En ese punto, uno queda habilitado a pensar que el retrato presidencial bien podría ser una estampita religiosa. A Milei le conviene eso: a un santo se le piden milagros, no explicaciones.

En ese escenario, Milei sería un detalle absolutamente menor. Lo más preocupante no sería tener un presidente que exige lealtad en forma de adulación, sino que hay un sector del periodismo que está dispuesto a dársela. En ese contexto, lo de Fantino fue casi una metáfora perfecta de estos tiempos: dejar que el presidente se sienta feliz, porque hasta ahora nadie sabe, ni quiere averiguar, cuál es el alcance real de la amenazante consigna NOLSALP (No Odiamos Lo Suficiente A Los Periodistas).

En otras palabras, la tragedia no es que exista un Milei porque las mismas urnas que lo trajeron, se lo van a llevar. El verdadero drama argentino es que muchos periodistas ya no quieren incomodar al poder, quieren gustarle. Ese es el primer síntoma de una decadencia que termina como el famoso cuento del rey desnudo: todos lo ven, pero nadie se anima a decirlo.

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