
EL OCASO
Por Julio César Romero Magliocca
Hay un momento en que la vida deja de empujar hacia adelante
y comienza, casi sin aviso, a inclinarse hacia atrás.
No ocurre de golpe.
Es un proceso silencioso, como la luz que se apaga de a poco
al final de la tarde.
El cuerpo empieza a hablar otro idioma.
Uno que duele.
Las rodillas crujen, la espalda reclama,
y el día ya no alcanza para tanto como antes.
Aparecen los frascos alineados sobre la mesa,
pastillas para sostener lo que antes era natural:
dormir, respirar, caminar, recordar.
Se aprende a vivir con horarios que no marcan el trabajo
sino la medicación.
Con citas médicas en lugar de proyectos.
Con el esfuerzo de levantarse como primer logro del día.
Y, sin embargo, no es solo el cuerpo.
También se apagan, de a poco, ciertas luces internas.
Sueños que ya no se persiguen,
metas que quedan archivadas en un rincón
donde nadie vuelve.
Algunos tienen la suerte de una casa llena,
de voces que todavía nombran,
de manos que acompañan.
Otros no.
Hay quienes terminan en una habitación ajena,
en un residencial donde el tiempo es más lento aún,
donde los días se parecen demasiado entre sí.
Una silla, una ventana, un televisor encendido sin atención.
Y la espera.
La espera de una visita que no llega.
De un hijo que prometió pasar.
De un abrazo que quedó suspendido en alguna excusa.
Entonces el ocaso no es solo el desgaste del cuerpo.
Es también esa sensación de haber sido dejado atrás,
de convertirse, lentamente, en recuerdo vivo de otros.
Pero incluso ahí,
en esa orilla donde todo parece apagarse,
queda algo.
Una memoria que insiste.
Una historia que no debería ser ignorada.
Una vida entera que no puede reducirse
a un número de habitación o a un nombre en una ficha.
Porque el ocaso no debería ser abandono.
Ni silencio.
Ni olvido.
Tal vez el verdadero final no sea envejecer,
sino dejar de ser mirados.
Y en eso —
en esa forma de mirar o de no mirar—
también se juega
quiénes somos nosotros.

