Por Julio César Romero Magliocca

Fundador y Director de Revista Raíces


La pobreza que no se ve

Hay imágenes que no necesitan demasiadas palabras.

Alcanza con mirar unas manos. Manos gastadas por el tiempo, por el trabajo, por las noches largas y por una vida que seguramente no siempre fue generosa. Manos que sostienen una lata vacía, esperando algo tan sencillo y tan enorme como un poco de comida. Pero detrás de esas manos hay una persona. Nos acostumbramos a pasar al lado de la pobreza como quien pasa frente a un paisaje conocido. Vemos al hombre sentado en una esquina, a la mujer que pide, al niño que espera, al anciano que busca entre lo que otros desecharon. Los vemos… pero no siempre los miramos.

Porque mirar de verdad implica detenerse.

Implica preguntarse qué historia habrá detrás de ese rostro. Qué camino lo llevó hasta allí. Cuántas puertas golpeó. Cuántas veces tuvo que tragarse el orgullo. Cuántas noches se acostó con el estómago vacío. Cuántas veces alguien decidió mirar para otro lado.

La pobreza no siempre es solamente la falta de pan.

También puede ser la falta de oportunidades.

La falta de una mano tendida.

La falta de alguien que escuche.

La falta de una sociedad capaz de comprender que nadie debería sentirse invisible.

Y quizás allí esté una de las formas más dolorosas de pobreza: cuando dejamos de reconocer al otro como semejante.

Porque detrás de cada persona que pide hay una historia. Y detrás de cada historia hay una vida que alguna vez tuvo sueños, afectos, esperanzas y alguien que la esperaba.

Por eso, aquella lata vacía dice mucho más de nosotros que de quien la sostiene. Nos pregunta qué hacemos cuando encontramos a alguien que necesita. Si seguimos caminando. Si bajamos la mirada.

O si, aunque sea por un instante, somos capaces de detenernos.

Porque quizás la verdadera riqueza de una sociedad no se mida solamente por lo que produce, sino por la manera en que trata a quienes quedaron al costado del camino. Y cuando una sociedad todavía es capaz de mirar a los ojos, escuchar y tender una mano, quizás todavía haya esperanza.

Porque el hambre duele.

Pero la indiferencia también.

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