
Libertad cercenada
Por Julio César Romero Magliocca
Hay dolores que no hacen ruido.
No salen en las noticias, pero caminan en filas largas hacia las cárceles, cargando bolsas y culpas.
Nos enseñaron a mirar solo al que delinque. Pero hay otra historia: la de las familias que quedan afuera, cumpliendo una condena sin juicio. La mayoría, pobres. La mayoría, solas.
La caída suele empezar igual: la droga, la casa que se vacía de a poco, el salto al delito. Y después, la cárcel. Pero no cae uno solo. Caen todos.
Queda una madre que se culpa.
Queda una mujer que sostiene lo que puede.
Quedan niños que crecen entre visitas, rejas y esperas.
Y están las colas.
Largas. Silenciosas. Duras.
Donde cada bolsa es un acto de amor y resistencia.
Porque la cárcel, muchas veces, no corrige: endurece.
El que entra por primera vez, aprende. Y no siempre a salir mejor.
Afuera, la espera se mezcla con el miedo.
Miedo a que vuelva distinto.
Miedo a que vuelva peor.
Mientras tanto, la sociedad juzga desde lejos.
Pero hay otra historia latiendo, invisible, obstinada.
Una historia de amor que resiste incluso cuando todo parece perdido.
Porque la libertad no solo se encierra.
También se va gastando, de a poco, del lado de afuera


