
Por Julio César Romero Magliocca
Los hijos del barro
Hay un Uruguay que pocas veces aparece en las postales. No tiene rambla, edificios modernos ni jardines prolijos. Es un Uruguay escondido detrás de los asentamientos, junto a los arroyos contaminados, donde el invierno llega antes y se va después. Es el Uruguay del barro.
Ese barro que no es solamente tierra mojada. Es el piso del patio, de la cocina y del dormitorio. Se pega a los zapatos, a la ropa, a las manos de los niños y parece querer quedarse para siempre. Es el paisaje de quienes nacieron donde nunca hubo calles asfaltadas ni veredas, donde cada lluvia vuelve a convertir la vida en una lucha.
Allí las casas apenas resisten el paso del tiempo. Chapa oxidada, costaneros torcidos, nylon sujetado con alambre, maderas rescatadas de alguna obra, cartones que intentan detener el viento. En invierno, la humedad invade cada rincón. El frío se mete por las rendijas. El humo de una estufa improvisada se mezcla con el olor del arroyo, que ya dejó de ser agua para convertirse en un depósito de basura y abandono.
En esos rancheríos nacen miles de niños.
Llegan al mundo sin conocer otra realidad que no sea el barro bajo sus pies y un techo que amenaza con caerse cada vez que sopla el viento. Aprenden demasiado temprano que la lluvia no es un juego. Es colchones mojados, ropa húmeda, paredes que gotean y noches interminables. Muchos crecen viendo pasar la infancia desde la puerta de un rancho.
Juegan entre zanjas abiertas, perros abandonados y montañas de desperdicios. El barro reemplaza a las plazas. El arroyo sustituye al parque. Los juguetes son los que aparecen entre los residuos o los que la imaginación logra construir.
Y, sin embargo, conservan algo que los adultos muchas veces perdieron: la capacidad de sonreír
Pero esa sonrisa no alcanza para cambiar el destino.
Porque la pobreza no es solamente la falta de dinero.
Es la ausencia de oportunidades.
Es la escuela a la que se llega con hambre. Es el padre que no consigue trabajo. Es la madre que hace milagros para repartir un plato de comida entre muchos. Es la salud que nunca llega. Es la violencia que se instala cuando la desesperación ocupa todos los espacios. Pablo Estramín llamó a esos gurises «Los hijos del barro», porque entendía que el barro no era una elección. Era la consecuencia de una sociedad que permitió que generaciones enteras crecieran olvidadas. Son hijos del barro porque el barro fue la primera cuna que conocieron.
Pero no deberían estar condenados a morir en él.
Lo más doloroso no son los ranchos de chapa ni los caminos intransitables. Lo más doloroso es comprobar que muchos niños parecen venir al mundo con la esperanza herida antes de aprender a caminar. No porque les falte capacidad para soñar, sino porque la sociedad les ha cerrado demasiadas puertas antes siquiera de que puedan golpearlas.
Y, sin embargo, cada uno de ellos encierra un universo de posibilidades. Un maestro. Un médico. Un carpintero. Un artista. Un deportista. Un trabajador honrado.
La diferencia entre ese futuro y la exclusión no la marca el lugar donde nacieron, sino las oportunidades que nosotros, como sociedad, decidamos ofrecerles.
Mientras existan rancheríos donde el barro siga siendo el horizonte cotidiano de la infancia, Uruguay tendrá una deuda que ninguna cifra económica podrá ocultar.
Porque el verdadero progreso de un país no se mide por la altura de sus edificios.
Se mide por la dignidad con que viven sus niños.
Y mientras haya un solo gurí cuyo primer paisaje sea el barro y el abandono, la canción de Pablo Estramín seguirá siendo mucho más que una canción.
Seguirá siendo una verdad que nos incomoda.
