
Por Julio César Romero Magliocca
Los inviernos de antes
Hay recuerdos que no regresan por la vista, sino por el alma. Basta una mañana fría, el aroma de un eucalipto o el silbido del viento entre los árboles para que la memoria abra de par en par una puerta que creíamos cerrada. Entonces vuelven aquellos inviernos de la niñez, cuando había poco para vivir, pero mucho para compartir.
Cuántos recuerdos extirpa mi memoria de aquellos fríos inviernos de mi niñez. Vivíamos en Colón con mi familia, justo frente a un monte de eucaliptos bien añejos. En cada temporal caía alguno, no porque fueran débiles, sino porque su ciclo simplemente estaba llegando a su fin.
Cómo recuerdo a mi vieja desarmando viejos buzos para hacer ovillos de lana, después de lavarlos y secarlos con paciencia. Esa misma lana, como si volviera a nacer, servía para tejer colchas multicolores que nos abrigaban durante las largas noches de invierno.
También la recuerdo luchando con aquel Primus a kerosén que, al final, siempre terminaba ganándole la batalla. Allí calentaba el agua que luego colocaría dentro de las viejas botellas de sidra. Antes les introducía una aguja de tejer para evitar que el vidrio se quebrara por el cambio de temperatura y, finalmente, las tapaba con el inseparable corcho. Aquellas botellas eran nuestras bolsas de agua caliente de entonces.
Es como si todavía la estuviera viendo colocar el Primus con una maceta de barro invertida encima para improvisar una estufa que ayudara a templar aquella casa fría y húmeda. Eran pequeños ingenios que hacían más llevaderos los inviernos.
Cuando caíamos enfermos, aparecían los remedios caseros. Mi vieja preparaba infusiones de guaco, salvia, níspero y azúcar quemada. Decía que ayudaban a aflojar la tos, esa que por las noches convertía la casa en un verdadero concierto de carrasperas y desvelos.
Y dejo para el final uno de los remedios más ingeniosos de aquellas generaciones. Derretía grasa de pollo en el fondo de un sartén y preparaba un ungüento que extendía sobre un papel de estraza, el mismo que antes había servido al almacenero para envolver el azúcar, la yerba o unas galletitas. Una vez tibio, lo colocaba sobre el pecho, sujetándolo con una franela, y allí permanecía toda la noche. Nosotros lo mirábamos con cierta impresión, hasta con un poco de asco, pero eran los remedios de nuestras madres… y, por lo visto, mal no les fue: aquí estamos, sanos y salvos, por ahora.
Aquellas costumbres eran comunes en casi todos los hogares. Al médico o al hospital se iba solamente cuando la situación era realmente grave. Así era la vida de antes: con menos recursos, pero con más ingenio; con menos tecnología, pero con una inmensa capacidad para resolver las dificultades con amor, paciencia y sacrificio.
Quizá el verdadero calor de aquellos inviernos no provenía del Primus, de las colchas de lana ni de las botellas de agua caliente. Venía de las manos de nuestras madres, capaces de transformar la escasez en abrigo y la preocupación en esperanza. Ellas nunca estudiaron medicina ni ingeniería, pero conocían el arte más importante de todos: cuidar. Y aunque el tiempo haya cambiado las costumbres, hay recuerdos que siguen calentando el corazón mucho más que cualquier estufa. Porque la riqueza de una infancia no se mide por lo que había en la casa, sino por el amor que nunca faltó dentro de ella.
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