
Por Julio César Romero Magliocca
Mamá, te extraño mucho, La Vale!!
Un grito escrito en una pared… o el espejo de una sociedad que está dejando solos a sus hijos
Hay frases que uno lee y olvida a los pocos segundos. Y hay otras que se clavan en el alma. Hace unos días, caminando por un barrio de Montevideo, me encontré con una pared blanca donde alguien había escrito con letras temblorosas:
“Mamá, te extraño mucho. La Vale.” Nada más.
No había firma elegante, ni pintura de colores, ni intención artística. Solo un mensaje desesperado. Un grito silencioso. Me detuve varios minutos frente a esas palabras.
¿Quién es Valentina? ¿Dónde estará? ¿Qué historia habrá detrás de ese “te extraño”?. No lo sé.
Y precisamente por eso duele más. Quizás Valentina creció en un hogar con su padre, su madre y sus hermanos. Tal vez fue una niña que reía, que iba a la escuela, que soñaba con estudiar, enamorarse y formar una familia. Quizás un día apareció la curiosidad. Quizás alguien le dijo que una droga no hacía daño. Quizás sufrió una desilusión amorosa. Quizás una discusión familiar. Quizás una depresión que nadie vio. O quizás simplemente sintió que nadie la escuchaba. No conocemos su historia.
Pero sí conocemos demasiadas historias parecidas. Historias que terminan en la calle. Historias donde el frío reemplaza al abrazo. Donde la lluvia moja cartones que intentan ser cama.
Donde la noche deja de ser descanso para convertirse en peligro.
Donde acechan la violencia, la explotación, la prostitución, las adicciones y el olvido.
Y mientras todo eso ocurre, nosotros seguimos caminando.
Miramos hacia otro lado. Decimos que “se arruinó sola”, que “cada uno elige su camino”.
Que “algo habrá hecho”. La sociedad se ha vuelto experta en condenar. Mucho menos en comprender.
Vivimos instalados en la cultura del “sálvese quien pueda”, donde el éxito parece medirse por la capacidad de mirar únicamente el propio ombligo. Pero detrás de cada joven que duerme en una vereda hay una historia que comenzó mucho antes de llegar allí. Nadie nace queriendo vivir entre el abandono. Nadie sueña de niño con refugiarse debajo de un puente. Las caídas no ocurren de un día para otro. Empiezan mucho antes. Empiezan cuando el dolor no encuentra palabras. Cuando las lágrimas se esconden. Cuando el silencio reemplaza a las conversaciones. Cuando una familia deja de mirarse a los ojos. Cuando un hijo dice “estoy bien”, pero por dentro se está desmoronando. Los padres no somos adivinos , es verdad.
Pero sí debemos aprender a leer los pequeños cambios. Ese hijo que deja de hablar.
La adolescente que ya no sonríe. El joven que se encierra durante horas. La hija que comienza a perder interés por todo. Las malas compañías. El aislamiento , la tristeza permanente, la agresividad inesperada.
A veces el corazón avisa antes que las palabras.
Solo que estamos demasiado ocupados para escucharlo. Por eso resulta esperanzador que hoy exista un proyecto para incorporar la educación emocional desde la escuela primaria. No será una solución mágica.
No resolverá por sí sola las adicciones, la violencia o la depresión. Pero puede convertirse en una herramienta valiosa para que los niños aprendan a reconocer sus emociones, a pedir ayuda, a gestionar la frustración y a descubrir que llorar no es una debilidad, sino una forma de expresar el dolor.
También puede ayudar a formar generaciones más empíricas, capaces de reconocer el sufrimiento del otro antes de juzgarlo. Porque educar no consiste solamente en enseñar matemáticas, historia o geografía. También es enseñar a vivir , a convivir, a escuchar, a abrazar.
A pedir perdón. Y a decir “necesito ayuda” sin sentir vergüenza. Aquella pared no solo hablaba de una hija que extraña a su madre. También nos hablaba a nosotros.
Nos preguntaba, sin decirlo: ¿Cuántas Valentinas más están gritando en silencio mientras nadie las escucha? Quizás todavía estemos a tiempo de llegar antes que la calle.
Antes que la droga, antes que la desesperanza, antes que el olvido.
Porque ningún joven debería tener que escribir sobre una pared el abrazo que no pudo encontrar en ninguna parte. Y porque, cuando una Valentina termina viviendo en la calle, el fracaso nunca es únicamente de ella. Es, también, el fracaso de todos nosotros
