
Por Julio César Romero Magliocca
¿Muerte súbita en el Borro?
Cuando una niña de 13 años se suma a una banda para asaltar la moto de una oficial de policía, algo está pasando.
Cuando un joven de 16 años apunta con una pistola adaptada para realizar treinta disparos y luego muere ajusticiado, algo está pasando.
Muchas veces vemos películas en las que se muestran distintos sistemas de control capaces de advertir posibles desastres: avalanchas, tsunamis, terremotos. Son señales que permiten anticipar una tragedia.
De alguna manera, estos hechos de violencia, robos y sangre también son señales. Nos advierten que la sociedad uruguaya ha llegado a un punto crítico en materia de seguridad.
Muchos fueron los pasos que nos condujeron hasta esta situación lamentable.
Cuando tenía 14 años, mi familia se mudó a vivir a Casavalle. Muchas veces, al regresar desde mi antiguo barrio, volvía de madrugada caminando por Aparicio Saravia. Era otro Uruguay.
Todo cambió de forma vertiginosa. Primero llegó el cemento en bolsa. Luego la marihuana. Después la pasta base, que destruyó familias enteras y quebró vínculos sociales. Más tarde aparecieron las bocas de venta de drogas, multiplicándose como hongos. Y un poco después llegó el sicariato, como si las escenas de las películas hubieran saltado a la realidad.
Existe todo un proceso de deterioro que nos trajo hasta aquí. Los sensores fallaron. No sonaron cuando debían sonar. Las advertencias estuvieron presentes, pero no fueron escuchadas con la atención necesaria.
¿Qué nos queda ahora? ¿Y qué nos espera en el futuro si esta realidad no se atiende de manera profunda?
Corremos el riesgo de acostumbrarnos a encender el televisor para contabilizar incidentes en los barrios más desatendidos: heridos, muertos, robos, enfrentamientos. Como si la violencia fuera apenas una estadística más.
La sociedad está sangrando. Y, sin embargo, hemos comenzado a naturalizarlo.
Seguimos adelante con nuestras vidas, mientras pensamos que la responsabilidad recae únicamente sobre otros. Pero la recuperación de una sociedad fracturada exige mucho más que la acción de un gobierno o de una institución. Exige compromiso colectivo, capacidad de reacción y la voluntad de reconocer que el problema nos involucra a todos.
Porque cuando una comunidad pierde la capacidad de alarmarse frente a la violencia, el peligro ya no está solamente en las calles: también está en la indiferencia.
