
LAS SEMILLAS DEL PADRE CACHO
Simplemente “Lola”
María Dolores Rodríguez, “Lola”, llegó al barrio Plácido Ellauri cuando tenía catorce años. Sus padres habían llegado antes. Ella se quedó un tiempo más en Punta Gorda, trabajando con una familia.
Recuerda:
“Tenía diez años y cuidaba a la niña de la casa. Mi padre trabajaba en la panadería Ituzaingó, en Maroñas. Cuando finalmente llegué al barrio, había muy pocos ranchos. Estaba el de la famosa vieja ‘Calacha’, como le decían los gurises, y el del viejito de los gallos. En la zona de Timbúes y Aparicio Saravia, hacia el frente, eran todos campos, con norias. Por ahí andaba el padre del ‘Pantera’, que después sería ahijado del Padre Cacho. Con el tiempo empezó a llegar gente del interior y el barrio se fue poblando. Después vinieron los carritos, los clasificadores. El que no tenía caballo, salía con un carrito de mano. Estamos hablando de los años cincuenta.”
Hace una pausa en la memoria y sigue:
“También conocí al ‘Chueco Maciel’. Cuando hacía alguna ‘pillada’, como robarle a los camiones del lechero o del canchero, después repartía la mercadería entre la gente más pobre. Compartía lo poco que conseguía.”
En su casa, Lola tenía un pequeño kiosco de quiniela. Era un punto de encuentro. La gente llegaba, conversaba. Muchos venían de las comunidades de San Vicente y Santa María, por Timbúes.
“Ahí empecé a escuchar de un cura. Todos le decían simplemente ‘Cacho’. Lo primero que supe de él fue por el año 1979, cuando querían desalojar a varias familias que habían levantado sus ranchitos. La gente decía: ‘Nos está ayudando el Padre Cacho’. Yo seguía el crecimiento del barrio a través de los vecinos, hasta que un día me dije: tengo que conocer a ese hombre. Y ofrecerme para ayudar.”
Así fue como Lola se acercó.
Al principio colaboró en la policlínica que el Padre Cacho había levantado junto a los vecinos. Después ayudó en una tarea silenciosa pero urgente: gestionar la documentación de los niños que nacían con parteras clandestinas y quedaban, literalmente, sin existencia legal. Más adelante, también acompañó al Padre José Tejero con el equipo de fútbol infantil “San Vicente”.
En el barrio, era común verla pasar rodeada de gurises, camino a alguna canchita. La imagen se repetía: paciencia, sonrisa abierta, los cachetes encendidos de quien da sin calcular. Había en ella algo que recordaba a esas figuras que sostienen sin ruido —una ternura firme, cotidiana—. Tiempo que le quitaba a su casa para entregarlo a los demás.
Antes de cerrar este testimonio, queda una escena que, por sí sola, dice mucho de lo que fue el Padre Cacho en el barrio.
Cuenta Lola:
“Un día nos juntamos varias vecinas porque se acercaba el cumpleaños de Cacho, el 15 de mayo. Juntamos plata entre todas para comprarle un pantalón vaquero. El que tenía ya daba lástima. Ese día le llevamos unos pasteles, que le gustaban mucho, y el regalo. Cuando lo abrió, agradeció… pero quedó pensativo. Nosotras le insistíamos: ‘Cacho, no lo vayas a regalar, es para vos’.”
Pasó un tiempo.
Lola tenía que entregar una cédula a un niño del asentamiento. Golpeó las manos en el rancho. Salió el padre, agradeció el trámite y, cuando ella ya se iba, le dijo casi al pasar:
“¿Y Cacho cómo anda? Hace tiempo que no lo veo… La última vez fue cuando me regaló este pantalón.”
Lola miró.
Era el mismo.
Fuente: Julio César Romero Magliocca

