
Por Julio César Romero Magliocca
Padre Mateo Méndez
Llegué a entrevistarlo en la sede del Movimiento Tacurú el 1.º de marzo de 1999. El Uruguay aún ignoraba que se acercaba una de las crisis económicas y sociales más profundas de su historia. En aquellos días, mientras muchos observaban el futuro con incertidumbre, el Padre Mateo Méndez continuaba sembrando esperanza entre quienes más la necesitaban.
Nacido hace ochenta años en San Gregorio de Polanco, en el seno de una familia numerosa de doce integrantes, Mateo creció viendo a su padre recorrer los caminos del país como tropero, arreando ganado de un lugar a otro. Desde muy pequeño sintió una profunda inclinación hacia la vida religiosa, una vocación que con el tiempo se transformaría en una misión de servicio permanente.
Cuando habla de su tarea sacerdotal, lo hace con humildad. No se considera protagonista, sino un instrumento para que otros descubran sus propios caminos de solidaridad y esperanza. Su mensaje ha sido siempre el mismo: no desanimarse, seguir luchando, comprender que vale la pena trabajar por los demás y que los cambios verdaderos sólo son posibles cuando se construyen en comunidad.
El Movimiento Tacurú nació precisamente de esa convicción. Corría el año 1981 cuando un grupo de jóvenes salesianos novicios comenzó a preguntarse qué podían hacer por tantos niños y adolescentes que vivían en las calles, vendiendo pequeños objetos, cuidando coches o sobreviviendo como podían. Aquella realidad los interpeló profundamente.
La respuesta comenzó de manera sencilla: una pelota, una taza de cocoa, un poco de pan con dulce y un espacio para jugar. Lo que parecía apenas un encuentro recreativo se convirtió en algo mucho más profundo. Pronto comprendieron que el juego era un puente, una puerta de entrada para construir vínculos, generar confianza y abrir oportunidades. Así nació Tacurú, una obra que transformaría miles de vidas.
Durante aquella entrevista le pregunté qué había significado el Padre Cacho para su vida y para la tarea que realizaba en los barrios más humildes. Mateo guardó silencio unos instantes, respiró hondo y comenzó a hablar con una emoción que aún recuerdo.
“Fue un pionero”, me dijo. “Nos enseñó a trabajar en comunidad, a escuchar a los vecinos, a poner el oído y el corazón al servicio de la gente. Nos enseñó a vivir entre ellos como uno más, pero también como alguien dispuesto a ayudarlos a crecer.”
Para Mateo, el Padre Cacho trascendió los límites de un barrio o de una comunidad. Se convirtió en patrimonio del pueblo cristiano, en referencia para quienes creen que la fe debe expresarse en obras concretas. “Muchas veces nos preguntamos qué haría el Padre Cacho frente a determinada situación”, confesó. “Sigue siendo un referente para todos nosotros.”
A ochenta años de su nacimiento, la vida de Mateo Méndez es testimonio de perseverancia, compromiso y amor por los más vulnerables. Desde Tacurú hasta sus años de trabajo en Rivera, desde Cerro Caqueiro hasta su actual proyecto Minga, su camino ha estado marcado por una misma certeza: cada joven merece una oportunidad y cada comunidad tiene la capacidad de construir un futuro mejor.
Mateo es de esos hombres necesarios. De los que no buscan protagonismo, pero dejan huellas profundas. De los que convierten la fe en acción y la solidaridad en una forma de vida. Su historia demuestra que las grandes transformaciones suelen comenzar con gestos simples: una pelota, una taza de cocoa, un pedazo de pan y la decisión de no mirar hacia otro lado.
Hoy, al celebrar sus 80 años, Uruguay tiene motivos para agradecerle. Porque detrás de cada joven que encontró un camino, de cada familia que recuperó la esperanza y de cada comunidad fortalecida, hay algo de la siembra silenciosa de este sacerdote que eligió caminar junto a su pueblo
Nota completa:


