Por Julio César Romero Magliocca

Qué parte hacemos?

Cuenta la leyenda que un día hubo un enorme incendio en el bosque. Todos los animales huían despavoridos; el fuego era terrible.

De pronto, el jaguar vio pasar sobre su cabeza al colibrí en dirección contraria, es decir, hacia las llamas. Le llamó la atención, pero siguió corriendo. Al instante lo vio regresar y luego volver otra vez hacia el incendio. Después de observar varias veces aquel extraño ir y venir, decidió preguntarle:

—¿Qué haces, colibrí?

—Voy al lago —respondió—. Tomo agua con mi pico y la arrojo sobre el fuego para apagar el incendio.

El jaguar sonrió.

—¿Estás loco? ¿Crees que podrás apagarlo con tu pequeño pico?

—No —contestó el colibrí—. Sé que solo no puedo. Pero ese bosque es mi hogar. Me alimenta, me da cobijo a mí y a mi familia, y yo le estoy agradecido. También lo ayudo a crecer polinizando sus flores. Yo soy parte de él y él es parte de mí. Sé que no podré apagar el incendio solo, pero tengo que hacer mi parte.

Cuando muchos se van, hay otros que se quedan haciendo su parte en una sociedad incendiada. Son los equilibrios silenciosos. Son los Cachos, los Mateos, las Pelusa y tantas otras mujeres y hombres que sostienen, cobijan y se la juegan por los demás.

Hoy fue un día lluvioso en Montevideo. Un invierno crudo que invita a quedarse en casa. Miré por la ventana y vi, junto a la volqueta frente a casa, a un hombre acomodando algunas bolsas al lado de su carrito.

Se me ocurrió amasar un poco de harina para hacer unas tortas fritas, tomar unos mates y compartir algo con aquel hombre que estaba allí, soportando las inclemencias del tiempo.

Mientras freía las tortas, miré nuevamente por la ventana. Seguía allí. Entonces preparé un vaso de leche caliente con cocoa y le llevé la mitad de las tortas fritas que había hecho.

Me agradeció y me dispuse a volver a casa. Hasta ahí llegamos muchas veces: hasta el gesto puntual. Por miedo, por comodidad o simplemente porque nos cuesta involucrarnos un poco más.

Antes de irme, le pedí —no sé bien con qué autoridad— que intentara no desordenar más las bolsas que otros habían dejado junto a la volqueta. Él simplemente me respondió:

—Gracias. Dios lo bendiga.

Volví a casa a tomar unos mates con el resto de las tortas fritas. La calle Nueva Troya actuaba como una frontera invisible: él junto a la volqueta; yo bajo la seguridad de un techo.

Al rato cruzó para devolverme el vaso. Ese vaso que ya guardo para la próxima vez que lo vea.

Entonces le pregunté su nombre y su edad.

Me contó que en pocos días cumpliría 48 años. Había nacido durante el Mundial de Argentina 1978. Me dijo que había perdido su trabajo y que lo único que le quedaba era salir a buscar algún peso entre las volquetas. Me contó también que su esposa tenía leucemia y estaba siendo atendida en el Hospital Español. Él, mientras tanto, dormía en una plaza cercana.

Se llama Williams.

Antes de despedirse, le dije que cuando anduviera por la vuelta tocara el timbre. Que algo para comer siempre habría en casa para compartir.

Y mientras cerraba la puerta pensé nuevamente en el colibrí.

Quizás ninguno de nosotros pueda apagar el incendio que consume tantas vidas. Quizás nuestras acciones parezcan apenas una gota de agua frente a tanta necesidad.

Pero la pregunta sigue siendo la misma:

¿Qué parte hacemos nosotros?

PD / Miré por tercera vez por la ventana. Williams marchaba lentamente por Nueva Troya rumbo a General Flores. Entonces volví la vista hacia la volqueta.

La basura que al principio estaba desparramada a su alrededor ya no estaba allí.

Williams la había juntado toda y la había volcado dentro de la volqueta.

Me quedé pensando en cuántas veces juzgamos una historia cuando apenas hemos visto una escena. Cuántas veces creemos conocer a una persona por una imagen fugaz, sin detenernos a descubrir la lucha que carga sobre sus hombros.

Quizás Williams no apagó ningún incendio hoy.

O quizás sí.

Quizás lo hizo a su manera, recogiendo lo que otros dejaron tirado, peleando por sobrevivir un día más, cuidando a una esposa enferma y conservando, pese a todo, la capacidad de decir: “Gracias. Dios lo bendiga”.

Y mientras lo veía alejarse por la calle mojada, entendí que el colibrí no siempre tiene alas.

A veces empuja un carrito.

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