Por Julio César Romero Magliocca

Fundador y Director de Revista RAÍCES

Rubén, por el amor propio

Hay historias que no se escriben con tinta. Se escriben con sacrificio, con lágrimas silenciosas, con madrugadas frías y con la decisión de no rendirse.

La historia de Rubén es una de ellas.

Lo conocimos en el grupo de caminantes del Antel Arena cuando su cuerpo cargaba 154 kilos. Pero, más que el peso, llevaba sobre sus hombros el desafío de volver a creer en sí mismo. Cada mañana, mientras muchos todavía dormían, allí estaba él, recorriendo una y otra vez el circuito de tartán, saludando con una sonrisa y dando un paso más hacia una nueva vida.

No fue una transformación de un día para otro. Fueron meses. Después un año. Luego otro medio año más. Fueron incontables vueltas al circuito, incontables decisiones de decir “sí” cuando el cuerpo pedía abandonar. Fueron días de dieta estricta, de disciplina, de renuncias y de una voluntad que pocas personas llegan a conocer.

Cada kilo que perdía era una victoria. Cada amanecer era una nueva oportunidad para demostrar que el verdadero cambio comienza en la mente y en el corazón.

Finalmente llegó el momento tan esperado: la cirugía reparadora para retirar la piel que ya no necesitaba. Casi sesenta kilos habían quedado atrás. No solamente desapareció el exceso de peso; también quedaron en el camino los miedos, las excusas y la resignación.

Rubén no venció a una balanza.

Se venció a sí mismo.

Seguramente hubo días en que quiso abandonar. Días en que el cansancio parecía más fuerte que los sueños. Días en que la duda golpeó su puerta preguntándole si todo aquello valía la pena.

Y, sin embargo, al día siguiente volvía a caminar.

Por eso esta historia merece ser contada.

Porque en un mundo donde abundan las soluciones rápidas, Rubén nos recuerda que las grandes conquistas nacen de la perseverancia. Que el éxito no depende de la velocidad, sino de no detenerse. Que cada paso, por pequeño que parezca, acerca un poco más a la meta.

Su ejemplo trasciende la pérdida de peso. Es una lección de amor propio.

Amarse no significa conformarse con lo que somos. Amarse también es animarse a cambiar aquello que nos hace daño. Es cuidar la salud, respetar el cuerpo y comprender que nunca es tarde para empezar de nuevo.

Estoy convencido de que quien lea estas líneas encontrará en Rubén mucho más que una historia personal. Encontrará la prueba de que sí se puede. Que los límites muchas veces viven solamente en nuestra cabeza. Que cuando la voluntad camina delante, el cuerpo termina acompañando.

Hoy, cada paso de Rubén habla por él.

Habla de esperanza.

Habla de resiliencia.

Habla de una victoria silenciosa que inspira a todos los que tuvimos el privilegio de conocer su camino.

Porque, al final de cuentas, la mayor transformación no ocurrió en su cuerpo.

Ocurrió en su alma.

Y esa es una conquista que nadie podrá quitarle jamás.

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