
Por Julio César Romero Magliocca
Fundador y Director de Revista Raíces
Trota cárcel
A los seis años robó su primer alfajor.
No lo hizo por hambre solamente, aunque el hambre estaba ahí, pegada a los huesos y a la vergüenza. Lo hizo porque descubrió demasiado temprano que la calle tenía sus propias reglas y que, para algunos gurises, crecer era aprender a sobrevivir antes que a soñar.
Le decían “Trota cárcel”.
El apodo le quedó marcado mucho antes de conocer una prisión. Primero fueron las esquinas, las malas juntas, las noches eternas en barrios donde la policía llegaba tarde y las oportunidades nunca llegaban. Después vinieron los arrebatos, las corridas, las entradas y salidas de comisarías, hasta que un día la reja se cerró detrás suyo y el sonido metálico le quedó retumbando en la cabeza durante años.
Ocho años entre rejas.
La cárcel le enseñó cosas que nadie debería aprender.
Que el silencio puede ser más peligroso que un grito.
Que allí adentro “cada tanto tenés que pelear, agarrar los cuchillos y pelear, porque sino te ven que te enfriaste”.
Aprendió también que los motines pueden comenzar por algo absurdo.
“Por unos gramos de sal”, decía.
Porque en prisión cualquier mínima cosa es capaz de encender la mecha.
“La cárcel es una bomba de tiempo… tic tac todo el tiempo”.
Y mientras el reloj invisible avanzaba, Trota cárcel fue envejeciendo antes de tiempo. Renovó la cédula varias veces entre barrotes. Vio compañeros morir. Vio otros perder la cabeza. Vio hombres fuertes llorar en silencio cuando llegaba la noche y nadie los veía.
Pero hubo un día distinto.
No fue una revelación mágica ni un milagro de película. Fue algo pequeño. Un voluntario entró al penal a dar una charla. Habló de segundas oportunidades. De errores. De dignidad. Y mientras muchos se burlaban, Juan escuchó una frase que le quedó clavada:
“No sos lo peor que hiciste.”
Aquella noche no durmió.
Pensó en el niño del alfajor. Pensó en su madre. Pensó en todo lo que había destruido y en todo lo que todavía podía salvar.
Cuando recuperó la libertad, descubrió que afuera también existían cárceles invisibles: la desconfianza, el rechazo, las puertas cerradas. Nadie quería darle trabajo a un ex preso. Nadie apostaba por él.
Pero esta vez decidió no volver atrás.
Empezó cargando cajones en una feria. Después ayudó en un comedor barrial. Más tarde comenzó a hablar con gurises que andaban perdidos como él había estado. No les hablaba desde un libro ni desde un escritorio. Les hablaba desde las cicatrices.
Les contaba del tic tac constante de la cárcel.
Del miedo.
De los cuchillos.
De las noches sin futuro.
Y después les decía algo más importante:
—La calle te convence de que no valés nada. Pero mientras estés vivo, siempre podés cambiar el rumbo.
Con los años, el apodo fue perdiendo fuerza.
Ya no era Trota cárcel.
Ahora era Juan, el hombre que recorría liceos, clubes y centros juveniles dando charlas motivadoras. El que abrazaba a los gurises antes de que la vida los empujara al mismo abismo.
A veces, al terminar una charla, algún muchacho se le acercaba y le confesaba que estaba por entrar en el delito.
Entonces Juan sonreía apenas, como quien conoce demasiado bien ese camino, y le respondía:
—Mirá que las rejas no terminan en la cárcel. Empiezan mucho antes. Pero también mucho antes puede empezar la libertad.
