
Un Cacho de Dios
Por Julio César Romero Magliocca
Hay vidas que no se explican: se incomodan.
El padre Cacho no eligió el camino de los altares ni de las palabras bien dichas. Eligió el barro. Eligió quedarse donde duele. Y eso, más que admiración, debería provocarnos una pregunta incómoda: ¿qué hacemos nosotros con el dolor ajeno?
Porque Cacho no “ayudaba”. Vivía ahí. No visitaba la pobreza: la asumía. No hablaba de dignidad: la defendía con gestos concretos, a veces mínimos, pero profundamente humanos. Mientras otros veían carencias, él veía rostros. Mientras muchos pasaban de largo, él se quedaba.
Y quedarse, en un mundo que siempre está apurado por irse, es una forma de amor.
Pero también es una denuncia.
Porque si alguien tiene que irse a vivir a un rancho de piso de tierra para recordarnos que todos merecen una vida digna, entonces algo está profundamente roto. Si hace falta un Cacho para ver a Dios en el pobre, tal vez el problema no sea la ausencia de Dios, sino nuestra ceguera.
Cacho no vino a tranquilizar conciencias. Vino a inquietarlas.
Nos dejó una certeza que incomoda: la dignidad no se declama, se encarna. Y el compromiso no es una idea: es una decisión que se paga con la propia vida.
Por eso su historia no debería quedar en una calle, ni en una placa, ni en un homenaje.
Debería quedar en nosotros.
O mejor dicho: debería empezar ahí.

